lunes, 16 de abril de 2012

De la genialidad…




La inteligencia, no importa cuán aguda, sólo permite conocer aquello que, objetivamente, se puede conocer, y  en la medida en que "se deje" conocer. Pasado cierto nivel de conocimiento fiable (comprobado científicamente, digamos), el cual se refiere, más que a aspectos trascendentes, al aspecto logístico del fenómeno vida (a su anatomía y mecánica: física, biología, matemática), el resto es tratar de inferir la verdad de las cosas a partir de pautas aisladas y datos que nos parecen relevantes pero que vienen desde esas mismas categorías (las ciencias). ¿Y cuál es la única forma de vislumbrar la verdad de la vida a partir de esas pautas y datos? combinarlos en hipótesis, por supuesto, y aquí viene el problema: el número de hipótesis posibles con esos datos es limitado, porque las posibilidades de combinación son limitadas, porque, a su vez,  los datos y pautas son limitados. Esta situación pone un tope a la inteligencia, y mientras más inteligente el sujeto más acelerado su camino y más rápido su encuentro con ese tope infranqueable. Por eso el superdotado, introducido al saber mediante la educación,  empieza por lo "más concreto dentro de lo abstracto", es decir, empieza computando, procesando, trabajando con números, conceptos espaciales y temporales, códigos lingüísticos, etc... pero cuando la carpintería ya no le es suficiente para otra cosa que no sea regodearse en la habilidad entonces él contempla  la lógica y sabe que el siguiente paso es aplicarla para explicar la realidad, la existencia, para explicarse a sí mismo. Y cuando lo hace, conoce el tope. El tope probablemente esté más lejos que el tope del conocimiento alcanzado en la generación anterior, pero no mucho más, por lo menos nunca,  hasta ahora, suficientemente lejos como para responder alguna de las preguntas fundamentales. Quienes afirman lo contrario mienten, o han perdido la objetividad por algún extraño sentido de fe. Por eso el superdotado es mágico cuando niño, pero si los buscas de adultos encuentras a 99 de cada 100 estampados en ese tope macizo, estrellados sus intelectos contra ese muro infranqueable, desfigurados sus espíritus por el choque, convertidos ellos en personas regulares. Ah… pero de cuando en cuando hay uno, claro, ese uno en cien...   

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