lunes, 21 de mayo de 2012

El camino

Y después de todo lo visto y lo considerado, ¿qué otra cosa quedaba por hacer, sino marchar? Así, me adentré en el bosque, siguiendo el sol de la tarde.  Caminé y caminé por muchos años y muchos suelos hasta que ya no supe de direcciones y sentidos, y entonces pensé que me había perdido. Luego pensé que uno solo está perdido en relación a un punto de referencia y yo los había abandonado todos, por lo cual concluí que no estaba en realidad perdido, sino desubicado, así que construí una casa. Allí mi espíritu reposó brevemente y las raíces lo sosegaron, pero luego una angustia explícita lo atizó: no era suficiente estar, no estar suficiente ser. Así que volví al camino. Fui hacia donde iba antes de haberme detenido  y anduve en tal dirección otros muchos años: caminé y caminé, día y noche, despierto y dormido y nunca me detuve por más cansado que estuviera, procurando siempre acelerar cuando posible. Jamás encontré nada. Finalmente mis piernas se cansaron, mi alma me pesó y mi cuerpo yació en el piso, exhausto y tembloroso. Era el fin. Sentí rabia, frustración e impotencia porque moriría sin saber, sin siquiera sospechar. Quise vivir de nuevo, quise haber comenzado antes el camino, quise haber nacido en el camino, en su mismo final, en la inminencia del evento, en la víspera del encuentro incandescente y la última serenidad. Pero no. Mis ojos se cerraron, mi mente se apagó, mi corazón cesó su movimiento. La última sensación  fue vívida como el primer dolor de la vida, llegó de pronto y duró justo lo suficiente: certeza. Fue una sorpresa, pero en el fondo no lo fue. Sentí en mis huesos que no había desperdiciado el tiempo, que había elegido bien, que no había en realidad otro camino aunque no lo había descubierto a tiempo. Adelante hay algo, supe. Cerca, lejos, pero en esta dirección. Quien quiera que me encuentre, retire mi cadáver del camino, y siga en la dirección que apunta mi cabeza.   

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