Y después de todo lo visto y lo considerado,
¿qué otra cosa quedaba por hacer, sino marchar? Así, me adentré en el bosque,
siguiendo el sol de la tarde. Caminé y
caminé por muchos años y muchos suelos hasta que ya no supe de direcciones y sentidos,
y entonces pensé que me había perdido. Luego pensé que uno solo está perdido en
relación a un punto de referencia y yo los había abandonado todos, por lo cual
concluí que no estaba en realidad perdido, sino desubicado, así que construí
una casa. Allí mi espíritu reposó brevemente y las raíces lo sosegaron, pero
luego una angustia explícita lo atizó: no era suficiente estar, no estar
suficiente ser. Así que volví al camino. Fui hacia donde iba antes de haberme
detenido y anduve en tal dirección otros
muchos años: caminé y caminé, día y noche, despierto y dormido y nunca me
detuve por más cansado que estuviera, procurando siempre acelerar cuando posible. Jamás
encontré nada. Finalmente mis piernas se cansaron, mi alma me pesó y mi cuerpo
yació en el piso, exhausto y tembloroso. Era el fin. Sentí rabia, frustración e
impotencia porque moriría sin saber, sin siquiera sospechar. Quise vivir de
nuevo, quise haber comenzado antes el camino, quise haber nacido en el camino, en
su mismo final, en la inminencia del evento, en la víspera del encuentro
incandescente y la última serenidad. Pero no. Mis ojos se cerraron, mi mente se
apagó, mi corazón cesó su movimiento. La última sensación fue vívida como el primer dolor de la vida,
llegó de pronto y duró justo lo suficiente: certeza. Fue una sorpresa, pero en
el fondo no lo fue. Sentí en mis huesos que no había desperdiciado el tiempo,
que había elegido bien, que no había en realidad otro camino aunque no lo había
descubierto a tiempo. Adelante hay algo, supe. Cerca, lejos, pero en esta
dirección. Quien quiera que me encuentre, retire mi cadáver del camino, y siga
en la dirección que apunta mi cabeza.
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