Más con el tiempo, el conocimiento de la realidad, empecemos por la segunda provisión, pasa a ser atribución de la ciencia (que dicho sea de paso es fenoménica, lo que de entrada echa por tierra supuestos esencialistas, vitales para la creencia clásica). Es ella desde entonces quien satisface la necesidad de predecir, explicar y manejar los sucesos entre los cuales tiene que moverse el hombre, le da información útil para usar el entorno y un marco teórico con leyes físicas y constantes matemáticas y biológicas que le reportan ese indispensable sentimiento de estabilidad, seguridad y demás, antes buscado en el discurso dogmático, además de anular la noción de providencia. Por otro lado, los referentes para el comportamiento abandonan al profeta y prestan oído a los paradigmas sociales, productos de modos de organización que adquieren con el tiempo volumen y articulación, aunque no complejidad: dadas ciertas bases mínimas de regulación de la interacción humana, consensuadas o peleadas y que el hombre se obliga a cumplir (dígase, derechos humanos), las restantes pautas morales responden a un criterio logístico, y el formato de su despliegue cultural es de autoría del contexto local. El mismo sistema social penetra hasta los huesos la vida de las personas y termina construyendo fuentes de esos "elementos estructurales abstractos de tipo psico-emocional", paradójicamente muy concretos en tanto que socioculturales, tales como aprobación, estima, etc.
Entonces, al perder tres de cuatro, la creencia se fragmenta, porque antes de quebrarse ella como construcción ideológica se fragmenta en la carne ese bloque de la configuración psico-social; ello debido, a su vez, a que en la sociedad, sentido, información y conducta se dividen formando parcelas que interactúan y a veces hasta copulan, pero no se fusionan. Es decir, la creencia primero pierde la batalla en la arena social como esquema de vida y referente del vivir para luego derrumbarse progresivamente como doctrina y teoría del individuo, obligado a funcionar bajo nuevas brújulas y por ende empujado a concebir nuevos esquemas teóricos. Tal circunstancia es advertida incluso por las creencias paridas por los dos últimos siglos de la historia y muy estratégicamente tomada en cuenta para el diseño de su discurso ideológico y medios de propagación. Así, el fenómeno de creer es reducido a su mínima expresión: el sentido, pero incluso dentro de este elemento hay variantes pues minoría son las ocasiones en donde el común de la gente , en la actualidad, aborda desde lo puramente contemplativo el tema existencial, la justificación trascendental o la búsqueda de sentido. Hoya, las más de las veces esas aproximaciones al lado ciego de la vida son gatilladas por angustias y ansiedades paridas en circunstancias relativas a la búsqueda de felicidad o el “evitamiento” de dolor. Felicidad y dolor: tales categorías y sus circunstancias son, hoy por hoy y para la mayoría, concretas, cercanas, sociales.
El remate de la lidia es que esos 3/4 de la creencia convencional se pierden no solo para quienes se acometen a adoptar una, sino también para quienes ya la tienen y creen vivirla con convicción. Los componentes científico y social tienen influencia en la vida cotidiana del creyente y del escéptico por igual, pues gran parte de las interacciones humanas y su implicaciones "superiores" (juicios de valor, nociones de reciprocidad o unilateralismo, márgenes de tolerancia y demás) responden cada vez más a paradigmas sociales, en la medida que éstos determinan condiciones de vida a las que el individuo debe adaptarse. Suplantan en el diario a sus equivalentes nacidos en la pura creencia aunque el creyente no quiera y luego la inevitable ruptura entre vida privada y vida pública (desde la arrinconada óptica dual de creer y hacer) provoca en el individuo una creencia contenida tras los muros de la praxis y abordada cada vez con menos frecuencia. Todo queda en una vela que se enciende cuando falla la electricidad.
Ahora, si bien en el principio del texto que usted lee se mencionó a las “religiones occidentales de hoy en día”, esto no es una realidad occidental que se extiende, es un cuello de botella inevitable para toda cultura que camina. Occidente solamente presentaba condiciones óptimas para llegar primero a este punto. La vida actual, determinada enteramente por la construcción social, hace simplemente innecesaria la creencia para el hombre promedio y además, difícil vivirla. ¿Significa esa innecesaridad que en el pasado el hombre común estaba ligado a la creencia fundamentalmente porque le era útil? Claro. Pensar en la nobleza de espíritu como algo constitutivo de la especie humana es bastante ingenuo. ¿Significa esa dificultad que en el fondo la creencia al hombre le ha significado, por decir lo menos, una incomodidad para el disfrute que halla en el despliegue de su vivir, como sea que lo haga, y ahora que ya no hay necesidad de él el sistema social esquemáticamente ataca el fenómeno religioso formal? Claro. La hipocresía, el servilismo y la traición fueron, debido a su carácter recursivo, de las primeras prácticas desarrolladas e internalizadas por el hombre en su evolución. Si le preguntara usted al grueso de la población si experimenta necesidad de creer, y pudiera de alguna mágica forma asegurar honestidad en la respuesta, le diría que a veces. Y si le preguntara porqué no vive de acuerdo a los principios morales de su credo, le diría que porque no quiere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario