sábado, 21 de mayo de 2011

Creencia: atrofia, fragmentación, reconfiguración...(Parte primera)




Quien observa a los creyentes de hoy en día, los creyentes promedio de cualquier religión occidental hoy en día, y los compara con varias y sucesivas generaciones de sus equivalentes en tiempos pasados, se percata de la "tendencia a la alza" de su falta de convencimiento, compromiso y convicción. Ojo. Hablo de creyentes promedio. El grado con que las personas profesan una creencia religiosa puede, como todo concepto susceptible de ser gradado, encuadrado en un rango. En el caso de las creencias teocéntricas, y aún muchas que no lo son, el final de uno de los extremos de ese rango es usualmente el fanatismo, y el otro extremo es aquel sujeto cuya concepción y vivencia del credo es extremadamente débil, dispersa e infrecuente sin dejar, sin embargo, de creer. Después de ello solo queda el escepticismo o la negación.  Establecidos estos rangos, separemos a los fanáticos de los ortodoxos y de allí hacia abajo podemos considerar una gran fila de personas ordenadas  de acuerdo al nivel e intensidad de su creer. Asumiendo que el fanatismo sea un fenómeno con un componente de irracionalidad y subjetividad que baila con  lo patológico, por lo que lo dejamos fuera de discusión por el momento, enunciar la existencia de las otras dos categorías (ortodoxos y “el resto”) supone concebir un espacio cualitativo entre lo ortodoxo y lo que está debajo de él hasta llegar a lo mediocre. Dicho espacio está definido por la cantidad, relevancia e impacto, en la vida del propio sujeto y de los que le rodean, de las acciones orientadas por los principios y normativas de su creencia versus la cantidad, relevancia e impacto de las acciones orientadas por causas o razones ajenas a esta misma creencia.  Ahora, en una muestra de 10 personas, la suma de fanáticos y ortodoxos llega a 3 y los 7 restantes están en la fila ordenados según se dijo. Es en esos 7, la obvia gran mayoría, la masa, que se produce en principio el fenómeno de atrofia, fragmentación y reconfiguración que a continuación vamos a abordar y a ellos (salvo alusión explícita a otros) nos referiremos tácitamente de aquí en adelante.
Insuflada de misticismo y misterio en sus inicios, días primeros de la organización social, la creencia se derramaba solemne desde una fuente metafísica, articulando las novatas relaciones humanas, las confusas nociones acerca de la realidad y las novatas relaciones del hombre con esa confusa realidad. El concepto clásico, mínimo común, de creencia se caracterizaba, y ahí radicaba su fuerza,  por proveer cuatro cosas al ser humano:
·         * Respuesta a cuestiones “límite”, tales como si hay existencia antes de lo que llamamos vida o el destino de la consciencia al morir el cuerpo, preguntas todas encaminadas al fin último de adquirir un sentido para la vida, una justificación trascendental para cierto modo de llevarla.
·         * Conocimiento acerca de la realidad estructural y su funcionamiento, esto característicamente en términos abstractos y nouménicos y con un aura de absolutismo destinado a justificar autoridad y esquemas sociales.
·         * Referentes para el comportamiento en general, siempre en términos ético-morales.
·       * Elementos estructurales abstractos de tipo psico-emocional, necesarios para y comunes a todos los humanos pero sensiblemente encuadrados en la individualidad del cuerpo: noción de protección, posibilidad de provisión, aprobación, aceptación y similares.

Tales provisiones, y sus correspondientes necesidades a satisfacer, conforman un bloque central en la configuración del hombre de primeros  y medianos días de civilización, una configuración teórico-práctica  donde saber, religiosidad y normativa se mezclan promiscuamente, y que tal vez desde hace apenas 200 años empieza a recibir una cantidad considerable de otras influencias. Dicha vinculación era íntima a tal punto en aquel hombre, que la separación de  esos elementos es sólo posible en retrospectiva analítica acometida desde una actualidad considerablemente diferente. Por supuesto, tal bloque guarda fidelidad a su contraparte  contextual: una configuración económica - política - cultural - religiosa que propugna y promueve un orden social donde la realidad, el sentido de vida y el comportamiento también eran un entramado compacto:  destino, camino y razón para ir. La palabra clave aquí es necesidad. Este sistema sociedad X – religión X – sujeto X, funcionaba, en la práctica, debido a ciertas necesidades puntuales del humano de ese momento histórico. Es decir, al margen de los núcleos conceptuales de cualquier creencia clásica y los análisis y valoraciones teóricos que se puedan hacer al respecto (como la fiabilidad del conocimiento, de la realidad que la religión proporcionaba), ésta, empíricamente, era exitosa porque se mostraba relativamente eficaz en su función de satisfacer las necesidades humanas en aquel contexto, así como en satisfacer, (no podía ser de otra manera) las necesidades creadas, intencionalmente unas veces, espontáneamente otras, por ese mismo sistema religioso-político-económico. En la  matriz medular de esas necesidades encontramos el miedo producto de la impotencia. Impotencia que se creía natural y constitutiva del ser humano (parte importante de muchas creencias era, justamente, alimentar ese sentido de impotencia) y que luego resultó ser en gran medida inversamente proporcional al poder que deviene del conocimiento y la voluntad. El  miedo era el síntoma de esa condición enfermiza llamada impotencia, era la primera reacción ante un diagnóstico que arrojaba una condición de vulnerabilidad tan extrema que la posibilidad de zozobra individual o colectiva era una de las esenciales circunstancias con las que a diario se debía lidiar: elementos naturales, enfermedades letales, las intenciones de otros hombres, la ira de Dios. Todo ello fuera de del alcance del más poderoso de los humanos.  En consecuencia, había una necesidad real de manejar estas trágicas posibilidades y así reducir el miedo. Aunque sobre esta premisa básica se han hecho, desde la ciencia social, innumerables y ciertas observaciones e inferencias, que van desde las formas en las que cada religión aplacaba la ira de sus dioses y ganaba sus favores, hasta los intrincados y hasta subliminales mecanismos con los que ellas mantenían ese grado suficiente y necesario de miedo en la mente colectiva para mantener un orden., lo que interesa aquí es resaltar la  premisa base: ante el miedo devenido de la impotencia existe  la consecuente necesidad de inhibirlo, lo cual, en ese contexto, se hacía tratando, lidiando, negociando con las hipotéticas causas u orígenes metafísicos de las cosas que representan peligro.
La segunda necesidad en la mentada matriz se relaciona con la provisión de la amplia categoría de los recursos materiales, concretos y vitales: alimento, techo, salud, seguridad. Una de las características de la creencia tradicional era el supuesto de que si bien el hombre debía realizar un esfuerzo intencionado a procurarse estas cosas, esta obtención era, en última instancia, permitida por la deidad. Aquí también sucede que  constructos económico-políticos alrededor del trabajo y el dinero, ya muy rumiados por los estudiosos sociales, complican y visten esta necesidad, pero en esencia, en la infancia y juventud de la humanidad encontramos una muy palpable relación entre la consciencia de la necesidad de recursos materiales y la idea divina de la “providencia”, concepto que no se limita a la creencia cristiana. Necesariamente en toda historia de un dios creador de seres, es la voluntad de éste proveer lo materialmente necesario para asegurar la continuidad de la vida de su creaturas.    
La tercera necesidad, una versión más compleja y extensa que la anterior pero indudablemente su pariente, se relaciona con la provisión de los elementos abstractos enunciados antes: aceptación, estima, provisión y protección (la confianza de que se dará), etc.
Una cuarta necesidad, devenida como efecto acumulativo de la interacción entre la consciencia de estar vivo y la manera cómo se vive, es el sentido y la identidad. Constitutiva o introducida, objetiva o subjetiva, real o ficticia, la necesidad de sentido era un hecho tal como hoy, aunque haya un enorme abismo entre el sentido tal como se entendía en el pasado y lo que de él se concibe ahora. Ambos elementos, sentido e identidad, que no eran entendidos como una construcción o descubrimiento tanto como una asignación y asunción, eran parte del destino social en la carne del hombre.
Hay una quinta necesidad, experimentada por casi todos los miembros de un grupo social en mayor o menor escala: la necesidad de ser guiado. Si proviene del miedo, de la desconfianza en sí mismo, de la ignorancia, de la impotencia, de todas juntas, no importa. La necesidad de ser guiado era real y determinante para la mayoría y tiene también mucho que ver concon la tercera necesidad.

Todas estas necesidades eran satisfechas por un sistema cuya médula y corona, en las todas las sociedades jóvenes, fue la creencia religiosa, a través de las provisiones mencionadas tempranamente en este documento. Esas necesidades y provisiones, lejos de emparejarse de modo lineal, formaban, y forman, construcciones  psicosociales complejas y multiconstitutivas, provocando una relación con la deidad que se compone a su vez de innumerables y variopintas subrelaciones para cada especificidad entre necesidad y provisión.  Y en esa relación principal y universal que se establecía con  el concepto religioso,  con la deidad y su institución, la subordinación y la dependencia eran caraterísticas porque el hombre se sentía, es decir se sabía,  vulnerable a nivel físico, social, espiritual, debido a su ignorancia y su impotencia factuales. Por otro lado, la vulnerabilidad, y el miedo que sobre la impotencia alerta, se complementaban con elementos de naturaleza en teoría contraria, como la aceptación, la provisión, la acogida, etc.  En ese sistema, en esa sociedad particular, todo proviene de la deidad, que para todos los efectos y de manera incuestionable, era lo mismo que religión y sus instituciones. La consciencia de variable dependiente de la ecuación se constituía así  en la esencia del fenómeno religioso clásico. Y como se dijo antes, la variable dependiente está obligada a someterse, a ganar los favores, a reconciliarse, a ofrecer sacrificio y pleitesía, etc. La condición de subordinación y dependencia era, en consecuencia, la característica de la relación hombre-deidad.







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